El primer capítulo de este “dejarse en paz” quiero dedicarlo a la habilidad de la atención. Una función cognitiva que, por el solo hecho de ser humanos, nos habita… y que puede marcar una diferencia inmensa en nuestra experiencia de vida.
¿Qué es realmente la atención?
La definición más psicológica nos dice:
«La atención es una función cognitiva que permite enfocar de manera activa o pasiva, voluntaria o involuntaria, el interés y la consciencia de la persona hacia un estímulo o acontecimiento (interno o externo). Precede a la percepción y a la acción».
Si seguimos profundizando y la vinculamos a nuestra vivencia interna, aparece esta preciosa cita de William James:
“La atención es el proceso por el que la mente toma posesión, de forma vivida y clara, de uno de los diversos objetos o trenes de pensamiento que aparecen simultáneamente.”
La vida puede sentirse completamente distinta según dónde dirigimos la atención: hacia afuera (lo que ocurre en nuestro entorno) o hacia adentro (lo que ocurre dentro de nosotros). Si es una atención focal o una atención dispersa.
La dificultad de mirar hacia adentro
A veces, mantener la atención hacia dentro puede resultar extremadamente difícil, porque lo que encontramos en ese espacio interno nos perturba o nos resulta insostenible. Por ello, nuestra atención puede tender a proyectarse hacia fuera, generando imágenes y experiencias basadas en lo externo.
De algún modo, mirar hacia adentro puede parecer menos pacífico que mirar hacia afuera. Y esa vivencia depende profundamente del sostén interno que hayamos cultivado en la infancia: según cómo hayamos sido acompañados emocionalmente, será más o menos fácil sostener el foco atencional.
Una habilidad aparentemente invisible… pero que literalmente puede condicionar toda una vida.
Byung-Chul Han lo expresa así:
“La crisis actual de la atención está ligada al hecho de que queramos comerlo todo, consumirlo todo, en lugar de mirarlo.”
Ese consumo del que habla Han puede ser casi un intento de huir de lo interno: una distracción continua que nos mantiene saltando de un punto a otro.
¿Cómo sería nuestra psicología si atendiésemos sin devorar lo que vemos?

Podríamos extendernos en prácticas como la meditación o el mindfulness, donde mirar hacia fuera significa también percibirnos mientras observamos.
Pero lo que nos convoca aquí es responder a una pregunta esencial:
¿Por qué nos cuesta tanto atendernos en paz?
Porque… “Atendernos” puede ser un ejercicio incómodo. Necesita coraje, entrenamiento, práctica y mucha intimidad para permitir que la atención nos mire sin consumirnos.
Por eso este es el primer capítulo del arte de dejarse en paz: porque sin entrenar la atención, no hay posibilidad de descanso interno.
La atención como escenario de vida
«Lo que atiendes crece, lo que ignoras se apaga”
Nazareth Castellanos lo define maravillosamente:
«La atención no es un detalle, sino el escenario donde se juega tu experiencia, tus emociones, tu memoria y tu manera de relacionarte con los demás, y lo mejor es que es un escenario que puedes entrenar.”
Lo que no atiendes, no lo registras. Y aquello que no registras… casi no existe para tu mundo interno.
Está demostrado científicamente: cuando prestas atención plena a una emoción difícil —como la tristeza o la ansiedad—, el cerebro no la vive igual que cuando la ignoras o reprimes.
Si la atiendes con presencia, la emoción pierde fuerza y se transforma, modulando la amígdala y el latido del corazón.
De ahí viene esta cita de Byung-Chul Han que nos dice:
«El mal nos atrapa cuando no le prestamos nuestra atención».”
La atención heredada: ¿qué mirada recibimos?

¿Por qué hay personas que ven solamente lo peor que puede pasar en una situación? ¿O son incapaces de ver la parte tranquila o bella de una situación? Incluso, si vamos más allá: ¿por qué hay personas que toman ese foco de atención como el único posible?
Si decidimos entrenar la atención, en muchos casos podría significar desafiar la herencia emocional de nuestro sistema. Ya que cuando pasamos por experiencias traumáticas, pérdidas o situaciones de mucho dolor en la familia o individualmente, si no ha habido un sostén adecuado para transitar la digestión de dichas experiencias, la atención se puede quedar atascada en “lo peor que puede pasar” o en una atención dispersa y, por lo tanto, no adaptativa.
Cuando cambiamos constantemente de tarea, la atención se fragmenta, y con ella se fragmenta también la experiencia. Y se puede traducir en fatiga, pérdida de memoria o incapacidad para mantener la calma. Se llama dispersión atencional; la atención está secuestrada por estímulos externos.
Quien controla nuestra atención es quien controla nuestro mundo interno.
Entrenar la atención: una revolución silenciosa
Entrenar la atención no significa luchar, sino entrenar el foco.
Un ejemplo muy básico sería cuando comes: ¿estás comiendo o estás en el móvil o en la tele?
Comer con atención plena enseña al cerebro a no saltar de un estímulo a otro.
Muchas veces, la presencia de alguien que no corre de un punto a otro de la atención y que nos muestra otros focos en donde mantener nuestra atención puede ser un bálsamo mientras entrenamos ese músculo casi inexistente. Al menos, ha sido así en mi experiencia.
El cultivo de la atención puede ser una especie de revolución silenciosa hacia lugares de más paz en el humano. Regenerando nuevas conexiones sinápticas y redefiniendo nuevos caminos internos en lugares que estaban minados de atención perturbadora y así conquistar lugares de más autonomía atencional.
Dar a la atención el lugar que merece puede ser una forma de sembrar y cultivar experiencias de paz en la vida.
Una revolución silenciosa de paz.


